martes, 3 de diciembre de 2013

Historias para contar. Mi piano y yo

Cuando somos padres tenemos unas expectativas de lo que deberían aprender nuestros hijos, pero a veces el camino para lograrlo no es el adecuado y terminamos logrando en ellos lo contrario a lo que aspiramos. 

Es por esto que quise escribir este artículo con la idea de que aquellos padres que lo lean puedan ver a través de estas experiencias lo atentos que deben estar para saber si lo que pensamos nosotros como padres coincide con lo que les conviene a nuestros hijos.

Cuando tenía alrededor de 8 años mi padre nos inscribió a mi hermano mayor y a mí en una academia de piano. La profesora, una señora de unos 50 años, tenía un acento extraño, años más tarde supe que era de origen catalán, las vueltas que da la vida pues ahora llevamos casi 12 años viviendo en Catalunya, España. 

De aspecto muy señorial, nuestra profesora parecía tener un carácter muy fuerte y un tono de voz bastante grave con lo que mi primera impresión no fue muy agradable.( me había leído hacía poco las aventuras de Heidi y esta señora era igual a la señorita Rottenmayer del cuento). La academia era bastante grande, habían alrededor de 7 u 8 pianos y todos sonando a la vez,  el ruido de los pianos más la conversación de las personas hacían de aquel lugar algo muy estresante para mí.

Recuerdo que nuestras clases eran los miércoles desde las 2:00 de la tarde hasta las 8:00 de la noche que mi padre podía recogernos y los sábados desde las 8:00 de la mañana hasta las 12:00 del mediodía.

Quiero aclarar que vivíamos en un sitio donde los termómetros rondan los 30º  todo el año y en la academia no había aire acondicionado.

Mi hermano posee desde pequeño un talento natural para los instrumentos, tocaba en ese entonces, la guitarra con mucha fluidez y ya de piano conocía algunas canciones. Su talento le permitía tocar de "oídas" cualquier canción que se le ocurriera, mientras a mí se me hacía cuesta arriba acompañar alguna pieza con las dos manos pues era evidente que yo no nací con el mismo talento.

Así comenzamos a conocer el bello mundo de la música, pero para mí pronto iba a dejar de serlo. Después de varios miércoles en los que llegando del cole comíamos y nos íbamos directo a la academia, la profesora comenzó a mostrar su carácter y comencé a escucharla gritar a varios niños que como yo esperaban para darle la lección aprendida. 

Mientras daban la clase, solo se oían  los gritos de aquella profesora corrigiendo a algún niño, cerrándole de mala manera el libro y diciéndole que no se volviera a sentar allí a menos que la lección estuviera completamente aprendida. Yo, muerta de los nervios, esperaba mi turno.  
Delante de mí estaba mi hermano que era el único de aquella academia al que no le decía absolutamente nada, claro su habilidad con el piano le hacía salir airoso y lograba lo impensable...que aquella profesora gritona y exigente, sonriera por lo menos una vez

Pero, luego venía yo...recuerdo que me sentaba y como era pequeña no llegaba con mis pies al suelo, con lo cual ella se acercaba y con un brusco movimiento arreglaba la banqueta y me decía, a ver, comienza y espero que lo hagas tan bien como tu hermano...mal augurio.. porque yo comenzaba a temblar de miedo y como podía, equivocándome casi siempre pero volviendo a empezar lograba terminar de darle la clase. Afortunadamente, mi hermano había calmado a la fiera y suavizaba su voz cuando me tocaba mi turno.

Me encantaba oírla tocar el piano, no se puede negar que era una virtuosa, pero a la hora de darnos las clases se transformaba en un ser tan estrictamente correcto como inalcanzable. Sentía la música pero a la hora de enseñarla sus métodos eran arcaicos y muy estrictos, creando en mí un sentimiento de impotencia que hizo de mi aprendizaje del piano algo frío y traumático


Recuerdo que lo que añoraba en ese entonces era volver a casa y correr a las piernas de mi madre que nos esperaba como siempre con un ambiente relajado, tejiendo en el sofá. La sensación de ese momento era de absoluta paz, me sentía protegida, querida, allí estaba a salvo.

Años más tarde en alguna comida familiar tocamos el tema y comenté algo de estos sentimientos,  mi padre dijo "...pues yo siempre creí que te encantaba la academia..."

Muchas veces eso es lo que creemos,  que nuestros hijos están felices con las actividades que hemos escogido para ellos y al final la realidad es otra. Estoy segura que si atendemos a sus reacciones frente a estas situaciones podemos descubrirlo. 

Nuestro mensaje es para todo aquel que tenga como tarea enseñar, educar o moldear conductas en otros, en especial para los que trabajan con niños. No se puede desarrollar una habilidad con éxito en ninguna actividad bien sea deportiva , musical o de cualquier índole si los métodos de enseñanza no son los adecuados o el miedo es el vehículo del aprendizaje.

Sé que el piano en mi vida es mi asignatura pendiente!!

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Imágenes obtenidas de internet