miércoles, 16 de octubre de 2013

Parejas juntas pero no revueltas


Cuando nos planteamos una relación de pareja, bien sea mediante un matrimonio o iniciar una convivencia, establecemos un compromiso de pareja con la expectativa que sea para “toda la vida”, es decir, creemos que es la persona con la que queremos compartir la vida y así se inicia un proyecto de vida en común.

Cada uno lleva a la relación su propio “equipaje” lleno de expectativas, necesidades, intereses, historias familiares, costumbres. Se llega a la convivencia con una serie de cosas dadas por hecho que, por lo mismo, no se expresan, aclaran o discuten antes o durante; las cuales irán creciendo, y dependiendo la percepción de cada quien, se podrán convertir en barreras infranqueables.

No existen reglas infalibles para asegurar una relación armoniosa, ni tampoco se puede adquirir el “manual para tener la relación ideal” sería un super best seller!; sin embargo existen ciertas recomendaciones que facilitan desarrollar una relación de amor y confianza. 

Aunque suena muy "trillado" la clave es la comunicación. Expresar lo que se siente, cómo se vive e ir ajustando continuamente las expectativas, y en cuanto sea posible, vencer las limitaciones. 


Aprender de los errores, aprender a olvidar y perdonar los de tu pareja. 


Y la lista podría continuar; sin embargo lo cierto es que he observado actualmente como cada vez más parejas se plantean la situación de “vivir juntos pero separados”. Han decidido que la relación de pareja se termino y por razones que la mayoría de veces son económicas deciden compartir el espacio que antes era su hogar. 

En estás líneas no pretendo abordar el tema del porqué se llega a este punto o lo qué ha podido hacerse para evitarlo, ése sería un tema a presentar separadamente y que daría mucho de sí. Aquí quiero revisar los costes más emocionales y personales de éste tipo de situación “vivir bajo el mismo techo pero con vidas separadas”. 

Meritxel (38) y Joan (42) llevan dos años separados, después de una relación de 13 años, pero ambos viven en un piso de L´Hospitalet. ¿El porqué? Comparten todos los gastos. Les sale más a cuenta que vivir cada uno por su lado; ya que no quieren dejar su estilo de vida y ciertas comodidades que solos no se podrían permitir. 

Algunos entendidos en estos temas calculan que la separación representa una disminución de cerca de un 40% del presupuesto de la pareja una vez que dejan de ser pareja y empiezan a estimar sus gastos de manera individual. 


A éste “acuerdo” debemos añadirle otro elemento como son los hijos. 

Definitivamente esta no es la condición ideal para tener un hogar, aunque se puedan hacer muchas cosas para que la convivencia sea saludable y no perjudique el desarrollo de los hijos, la realidad es que si la convivencia continúa, se sigue participando, aunque no se quiera, de lo que le pasa al otro. Aunque se crea indiferente, esto afecta. 

Para los hijos hay confusión, ya que estos perciben una situación diferente, perciben la nueva vida de sus padres como un engaño. Tiene un costo emocional altísimo y puede generar un ambiente hostil donde todos estarían perjudicados. 

Aunque sea de común acuerdo, al principio se piensan que es posible llevar adelante una convivencia “en paz”, pero resulta que luego las cosas no salen del todo como se esperaban. Si el afecto se terminó es porque había varias cosas del ex que no se toleraban. Pues ahora se toleran menos si ya no existe ningún vínculo de cariño, lo cual trae aparejado una irritabilidad que se acrecienta día a día. Por otra parte, es inevitable no enterarse de qué hace con su vida. 


Es decir, si ha salido, si llega tarde o cómo ejerce su intimidad. 


Así, comienzan los celos, los controles, la competencia, la lucha de poderes. Asimismo, no hay nada más difícil e incómodo que cruzarse con una persona con la que estamos tratando de cortar los lazos afectivos.

Aún cuando la decisión de vivir bajo el mismo techo puede ser temporal, los problemas se van acrecentando y se crea un círculo vicioso del cuál resulta muy complicado salir, nadie quiere perder su terreno. Incluso, a veces la situación se puede ir poniendo más intimidante y se corre el riesgo de terminar en un acto de violencia.

Es necesario tener en cuenta que los que más sufren en este escenario son los hijos, que se quedan y desarrollan en medio de un espacio confuso y no saben de qué lado ponerse.

 "Apenas pueda irme lo haré. Es una solución que no se la deseo a nadie"
Joan

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